Bobby era el terrier de un policía de la ciudad de Edimburgo llamado John Gray. Ambos estaban siempre juntos y ya era famosa en la zona la cantidad de trucos que Bobby sabía realizar. Desafortunadamente, un 15 de Febrero de 1858, Gray muere de una tuberculosis repentina. Durante el funeral Bobby permanecería siempre presente, y seguiría al cortejo hasta el cementerio de Greyfriars Kirkyard. Lugar donde descansarían los restos de John y donde además, en un acto de fidelidad extrema, Bobby pasaría el resto de los 14 años que le quedaban de vida montando guardia sobre la tumba de su fallecido amo. En un principio todos pensaban que Bobby permanecería solamente unos días sobre la tumba y que luego el hambre o el aburrimiento lo alejarían. No obstante, comenzarían a pasar los años e incluso los crudos inviernos de Escocia y Bobby permanecería fiel en su guardia. Solo se retiraba de vez en cuando para beber y conseguir comida, o cuando la nieve le impedía permanecer en el lugar.
Balto
En 1925 un solitario pueblo ubicado en el noroeste de Alaska, Nome, sufría una epidemia de difteria. El único médico del pueblo se comunico con el hospital de Anchorage, a varios cientos de kilómetros de distancia para solicitar dosis de vacunas para todos los habitantes de Nome, aunque tenían un problema: el transporte. La solución llegó la de mano de Gunnar Kaasen y su equipo de Siberian Huskys guiados por Balto, el más experimentado de sus perros. En medio de una tormenta de nieve, y solo guiado por el instinto de Balto, las vacunas llegaron a tiempo para parar la epidemia.
Balto y los demás Siberian Huskys fueron vendidos al zoológico de Cleveland en 1927.
Luego de su muerte en 1933 Balto fue embalsamado, y está expuesto en el Museo de Historia Natural de Cleveland. Balto tiene su estatua en Nome.








